Un capítulo de muestra · Romance oscuro
Una visita
Diez minutos para cerrar
El hombre que era dueño de la deuda de su hermano vino a cobrarla diez minutos antes del cierre, y no llamó a la puerta.
Nadia Ferrant oyó la campanilla del taller soltar su nota aguda y cascada y no levantó la vista. Estaba ajustando el puente de un violonchelo que le había llegado en cuatro pedazos, el arce se resistía, y quien la buscara a esas horas podía esperar. La lluvia tamborileaba sobre la claraboya. El muelle olía a diésel y a conchas de ostra. Calle abajo, un bar repetía la misma canción por tercera vez.
—Está cerrado —dijo.
—El cartel dice otra cosa. —La voz era grave, sin prisa, con la paciencia particular de quien nunca en su vida ha tenido que esperar mucho—. Puedo darle la vuelta, si quiere.
Entonces sí levantó la vista. Él estaba justo al otro lado de la puerta, con la lluvia todavía en los hombros: abrigo oscuro, sin paraguas, sin sombrero. Alto, pero no era eso lo que llenaba el taller. Era la quietud. Casi todos los que entraban tocaban algo: pasaban un dedo por una voluta, pulsaban una cuerda floja, preguntaban de dónde venía el olor. Cola animal, siempre cola animal. Este hombre mantenía las manos en los bolsillos y la miraba como si los instrumentos fueran muebles y ella lo único en la sala que valiera la pena tasar.
Conocía esa cara. Todo el puerto la conocía, igual que conocía la silueta de las grúas contra el cielo. Teodor Casarin. Los Casarin eran dueños de los almacenes del muelle norte, de dos restaurantes, de una naviera con un nombre inocente y —según la carta que su hermano había dejado en una caja de zapatos bajo la cama— de Luca Ferrant, en cuerpo y alma, por la suma de cuarenta mil.
—Si viene por Luca —dijo, y le alivió que la voz no le temblara—, está muerto. Ya lo sabrá. El funeral fue en marzo. No mandó flores.
—Mandé flores. —Una pausa—. Lirios blancos. Se los regaló a la mujer que barre la escalinata de la capilla.
Un calor le subió por la garganta. Había hecho exactamente eso. No sabía que alguien estuviera mirando.
—Entonces sabe que no tengo cuarenta mil. Tengo un taller con goteras y un violonchelo que no quiere ser violonchelo. —Dejó el puente sobre la mesa con mucho cuidado, porque las manos le pedían lanzarlo—. Lo que sea que le debiera murió con él.
—Así es. —Teodor avanzó hasta el círculo amarillo de la lámpara, y ella vio que sus ojos no eran negros, como había supuesto por las fotografías, sino de un gris oscuro e inquietante—. La cancelé el día que murió. No he venido por eso. —Dejó que la lluvia llenara el silencio un momento—. Su hermano tenía un violín. Antiguo, italiano, con un barniz del color de la sangre seca y una grieta en el aro inferior que alguien reparó mal hace mucho tiempo. Se lo trajo en enero y le pidió que se lo guardara.
Nadia no miró el estante del fondo. No miró el estuche envuelto en una manta apolillada detrás de las cajitas de colofonia. Sostuvo la mirada de él, y algo se movió en la comisura de su boca. No era una sonrisa. Era reconocimiento.
—No ha mirado —dijo en voz baja—. Bien. No lo haga. No delante de la ventana. Hay un coche estacionado al otro lado del muelle desde las seis, y no es mío. —Lo dijo como otro hombre habría comentado el tiempo—. A la gente que va dentro no le interesan cuarenta mil. Quieren lo que Luca escondió dentro de ese instrumento, y creen que usted sabe qué es.
—No lo sé.
—Le creo. Ellos no le creerán.
De pronto el taller le pareció diminuto. La claraboya, los ventanales al muelle que siempre había amado porque dejaban caer la tarde sobre su mesa de trabajo: todo era cristal. Pensó en Luca a los veinte años, tirado en esa misma mesa con las botas en alto, diciéndole que no se preocupara, que tenía un plan. Siempre había tenido un plan.
—¿Y a usted? —preguntó—. ¿Qué le interesa?
Teodor sopesó la pregunta como si mereciera honestidad, y eso la asustó más de lo que la habría asustado una mentira. —Al principio, el violín —dijo—. Ahora ya no estoy tan seguro. —Dio un paso más. No lo bastante para tocarla; lo bastante para que ella oliera la lluvia en su abrigo y algo debajo, cedro y humo. Le miró las manos —la cola seca en los nudillos, la pequeña cicatriz del pulgar de una gubia que se le escapó—, luego la boca y, deliberadamente, apartó la vista.
—Esto es lo que le ofrezco. Esta noche la acompaño a casa. Mañana uno de mis hombres se sienta frente a esta puerta, y usted finge no verlo. Dentro de una semana, cuando sepa quién va en ese coche, me da el violín y yo me aseguro de que nadie vuelva a estacionarse en este muelle. Después no vuelve a verme.
—¿Y si le digo que no?
—Entonces me voy. No voy a arrastrarla a ningún lado, Nadia. Las cosas no funcionan así. —Algo más duro asomó detrás del gris—. Pero estaré al otro lado de la calle, en mi coche, hasta que se apaguen sus luces, porque a ellos tampoco pienso dejarlos entrar. Usted decide si eso la tranquiliza.
Debería haberle tenido miedo, y una parte sensata de ella se lo tenía: la parte que había leído tres veces la carta de su hermano y la había quemado en el fregadero. Pero otra parte, más antigua y mucho menos sensata, había notado que él pronunciaba su nombre como si llevara tiempo esperando decirlo. Que sabía lo de los lirios. Que durante meses la había estado vigilando desde un lugar que ella no alcanzaba a ver. Al otro lado del muelle negro y mojado, unos faros se encendieron. Se quedaron así. Se apagaron. Teodor no se dio la vuelta; los había visto reflejados en los ojos de ella. —Usted elige —dijo—. Pero elija pronto.
Aquí es donde tu historia comenzaría.
En StoryStepper el siguiente capítulo se escribe a partir de la decisión que acabas de tomar: un episodio privado cada mañana, escrito solo para ti. Comienza tu historia y empieza a construir la tuya.
Comienza tu historia