Un capítulo de muestra · Romance oscuro

Capítulo I · El lago Sorrel5 min

Un embarcadero de noche

Una hora

Julian Reyes llevaba once horas protegiendo a Celeste Varga cuando la encontró en el cobertizo de los botes a las dos de la madrugada, con la bolsa de viaje al hombro y los zapatos en la mano.

Sabía que lo intentaría. No necesariamente esa noche, pero pronto. Lo había sabido en la cena, mirándola desde el otro extremo de la mesa larga mientras Viktor Sorrel hablaba de la boda —el cuarteto de cuerda traído desde Viena, los cuatrocientos invitados, la escultura de hielo— y Celeste giraba despacio la copa por el tallo sin decir nada. Una mujer contenta con su boda pregunta por las flores. Celeste había preguntado a qué hora cambiaba el turno en la garita.

Sorrel no se había dado cuenta. Sorrel había contratado a Julian precisamente para no tener que darse cuenta de nada.

—Tres semanas —le había dicho esa tarde, en un despacho que olía a cuero y a ceniza fría, deslizando un sobre por el escritorio—. Ha recibido cartas. Nada concreto. Quiero a alguien a su lado que no sea de la ciudad, alguien a quien no reconozca. La mantienes a salvo, la mantienes aquí y mantienes la distancia. —Había sonreído—. Es encantadora. La gente se olvida de sí misma.

Julian no se olvidaba de sí mismo. En eso consistía toda su reputación.

Ahora el cobertizo crujía a su alrededor, el lago golpeaba con suavidad los pilotes y la escarcha plateaba las cuerdas enrolladas. La luna entraba entre las tablas en barras finas y blancas y se tendía sobre ella como las líneas de un libro de cuentas. Se había quedado inmóvil con un pie en el escalón que bajaba al embarcadero, donde se mecía una lancha pequeña con la lona ya retirada.

—Eres muy silencioso —dijo sin volverse—. Para ser tan grande.

—Es el trabajo.

—¿Ah, sí? —Ahora sí se volvió. Se había quitado el maquillaje de la cena, y sin él parecía más joven, más cansada y bastante más peligrosa, como es peligrosa una persona cuando ha dejado de fingir. Llevaba el abrigo mal abotonado—. ¿Te habló de las cartas?

—Dijo que había cartas.

—¿Te dijo quién las escribe? —Julian no respondió, y el silencio respondió por él. Ella se rio, grave, sin ningún placer—. No. Claro que no. —Dejó los zapatos sobre las tablas, uno junto al otro, con un cuidado extraño—. Te ahorro el trabajo. No hay cartas. Hubo una carta, y la escribí yo: a mi hermana, en Lisboa, hace tres meses. Viktor la abrió. Decía que no estaba segura. Nada más. Que no estaba segura. —Lo miró—. A la mañana siguiente desapareció mi pasaporte. Una semana después me dijo que había contratado a alguien para protegerme.

El frío se le metió a Julian en los pulmones y se quedó allí.

Llevaba nueve años en ese oficio. Había montado guardia frente a suites de hotel, pasillos de hospital y juzgados; había sacado a la hija de un senador de un incendio en una discoteca y había apartado al hijo de un banquero de un hombre con una botella rota. Había oído todas las mentiras que puede contar una persona asustada y sabía cómo sonaban: demasiado pulidas, demasiado detalladas o furiosas donde no tocaba. Esto no sonaba a ninguna. Sonaba a verdad, ensayada a solas en la oscuridad tantas veces que se había desgastado.

—Puedes comprobarlo —dijo Celeste—. Pídele las cartas. Pide ver una sola. —Dio un paso hacia él, y otro, hasta que Julian pudo ver su aliento empañando el aire entre los dos y ver que temblaba y que se esforzaba mucho por no hacerlo—. O no. Solo mira el lago durante una hora. Es todo lo que te pido. Una hora, y luego subes a la casa y le dices que estabas revisando la garita y que me escabullí. Te creerá. Cree que todo el mundo es descuidado menos él.

—¿Y adónde irás?

—Mejor que no lo sepas.

Tenía razón, y él odiaba que tuviera razón. Odiaba también lo que le había pasado en el pecho durante la cena, cuando ella miró a lo largo de la mesa y lo sorprendió observándola, y no apartó la vista: le sostuvo la mirada un segundo largo, como si le hiciera una pregunta en un idioma que solo ellos dos hablaban. Lo había achacado al vino. Al fuego. A once horas de estar tan cerca de una mujer como para oírla respirar.

No era el vino.

Cuesta arriba, se encendió una luz en la casa principal. Segundo piso, ala este. Las habitaciones de Sorrel. Celeste también la vio, y el color se le fue de la cara. No corrió hacia la lancha. No suplicó. Alargó la mano y, muy despacio, apoyó dos dedos en el dorso de la mano de él, que colgaba a su costado —la primera vez que lo tocaba—, y Julian lo sintió subirle por el brazo como una corriente.

—Julian —dijo. Era la primera vez que usaba su nombre—. Por favor.

Arriba se abrió una puerta, y un largo rectángulo dorado se derramó sobre el césped blanco de escarcha. Tenía quizá un minuto. Todo lo que él era —cada regla, cada contrato, cada motivo por el que alguien había confiado en él— estaba a un lado de ese minuto. Al otro lado había una mujer con el abrigo mal abotonado y los zapatos colocados con esmero sobre las tablas, que lo miraba como si fuera lo único honesto que quedaba en la orilla.

Una decisión que solo tú tomas

→ Mirar el lago durante una hora
→ Subir a la lancha con ella

Aquí es donde tu historia comenzaría.

En StoryStepper el siguiente capítulo se escribe a partir de la decisión que acabas de tomar: un episodio privado cada mañana, escrito solo para ti. Comienza tu historia y empieza a construir la tuya.

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