Un capítulo de muestra · Ficción histórica

Capítulo I · Quinta Avenida, 18935 min

Un hallazgo

El fantasma de la nota grave

Había una carta dentro del piano, y a Jonah Pell llevaban once años pagándole por no encontrar cosas.

Estaba en la casa de los Van Alder, en la Quinta Avenida, desde las cuatro, afinando el piano de cola en un salón de baile tan grande que parecía tener su propio clima. Los lacayos pasaban a su lado cargando escaleras, guirnaldas de lirios de invernadero, cajas de champán embaladas en paja. Habían bajado las lámparas de araña de sus cadenas para limpiarlas, y colgaban a la altura de la cabeza como enormes fuentes congeladas, temblando cada vez que se cerraba una puerta en algún lugar de la casa. A las seis, el olor a lirios era tan denso que lo sentía en el fondo de la garganta, dulce y vagamente funerario.

El baile era a las nueve. La señora Cornelia Van Alder había dejado claro, a través de su secretaria, a través del ama de llaves y una vez mediante una nota prendida en el atril, que el instrumento estaría perfecto a las ocho o el señor Pell no volvería a ser contratado, ni por ella ni por nadie con quien ella cenara, que era todo el mundo. La había visto una vez, años atrás, de un extremo a otro de un salón. Ella lo había mirado como se mira un reloj que atrasa.

Así que trabajó. Una quinta, una cuarta, la octava; la llave de afinar girando apenas un cabello cada vez. Era el la por debajo del do central lo que le preocupaba. Sonaba afinado y luego, un instante después, zumbaba: un leve crujido de papel bajo la nota, como una polilla atrapada en una pantalla. Algo estaba rozando la tabla armónica.

Lo encontró a la luz de la lámpara, tendido de espaldas bajo la caja, con la chaqueta doblada bajo la cabeza. Un sobre, encajado en la rendija entre la tabla y el aro, donde nadie miraría jamás a menos que una nota fallara. Papel color crema, grueso, la solapa cerrada con lacre verde oscuro y un sello que no reconoció: una garza sobre una sola pata.

Ningún nombre en el anverso. Solo una fecha, en una letra pequeña e inclinada. Catorce de marzo de 1893. Mañana.

Jonah se quedó muy quieto. Sobre él, la panza del piano era un cielo oscuro de costillas pálidas. Oía al ama de llaves en el pasillo dando órdenes sobre los abrigos, y el lejano y constante estallido de los corchos de champán que probaban en la despensa del mayordomo, y su propio corazón, que latía más deprisa de lo que le habría gustado.

Llevaba once años afinando en casas como esa. Conocía sus reglas como conocía el círculo de quintas. No veías lo que había sobre los escritorios. No oías lo que se decía en las escaleras. No te fijabas en quién bajaba a la sala de música a las dos de la madrugada en bata, y mucho menos en quién lo seguía. La discreción era la segunda mitad del oficio. La primera era solo el oído.

Sacó el sobre con cuidado. Pesaba menos de lo que esperaba: una sola hoja, quizá dos. Lo volvió hacia la lámpara, y a través del papel grueso no distinguió más que la sombra de una firma, trazada con lazos deliberados, y debajo una palabra que podía ser perdona o podía ser olvida. Todavía estaba decidiendo cuál cuando la puerta del salón se abrió a su espalda.

—¿Señor Pell?

Se incorporó demasiado rápido y se golpeó la cabeza con la caja. El piano respondió con un zumbido grave y ofendido.

En la puerta del salón había una mujer joven. No era una doncella: su vestido era de seda gris, sencillo de esa manera que cuesta dinero. Y tampoco, pensó, una de las hijas, que según el ama de llaves eran «rubias las dos y malísimas para las escalas». Esta mujer tenía el pelo oscuro, y su rostro tenía la quietud de quien ha aprendido a dejarse mirar sin ofrecer nada a cambio.

—¿Señorita…?

—Harlow. Soy la dama de compañía de la señora Van Alder. —Sus ojos fueron a la mano de él. Sin querer, había escondido el sobre a la espalda, como un niño con una manzana robada—. Me envía a preguntar si el instrumento estará listo.

—Estará listo.

—Se sentirá aliviada. —La señorita Harlow dio unos pasos dentro del salón. Las arañas se estremecieron cuando la puerta se cerró tras ella, y cien gotas de cristal se rozaron entre sí con un sonido de lluvia lejana—. Era el piano de su difunto marido. Nadie lo ha tocado desde el funeral. Insistió en que lo afinaran para esta noche, y le confieso que ninguno de nosotros entendió por qué.

Se detuvo junto a la caja, tan cerca que él pudo olerla: no a lirios, sino a algo más seco, cedro y tinta. No volvió a mirar la mano escondida. Miró en cambio la tapa abierta, el largo brillo de las cuerdas, el punto exacto donde el macillo golpeaba el la por debajo del do central.

—El la grave siempre ha zumbado —dijo—. Desde que llegué a esta casa. El señor Van Alder decía que era un fantasma. —Una pausa, leve como un guante que cae—. ¿Encontró usted al fantasma, señor Pell?

Jonah se dio cuenta de varias cosas a la vez. De que el lacre contra su palma estaba apenas tibio. De que la señorita Harlow había sabido exactamente qué cuerda mirar. De que la fecha del sobre era mañana, y el baile era esta noche, y dentro de tres horas doscientas de las personas más poderosas de Nueva York estarían en ese salón bebiendo el champán de un muerto mientras la dama de compañía de su viuda vigilaba su piano.

Y de que ella esperaba, con mucha cortesía y mucha paciencia, a que él decidiera qué clase de hombre era.

En algún lugar sobre sus cabezas, un reloj empezó a dar las siete.

Una decisión que solo tú tomas

→ Decirle que no hay ningún fantasma
→ Entregarle la carta

Aquí es donde tu historia comenzaría.

En StoryStepper el siguiente capítulo se escribe a partir de la decisión que acabas de tomar: un episodio privado cada mañana, escrito solo para ti. Comienza tu historia y empieza a construir la tuya.

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