Un capítulo de muestra · Fantasía

Capítulo I · Thornmere5 min

Un tributo

El nombre que se debe

La tablilla del sorteo se había tallado en el fresno de la plaza, como cada séptimo invierno, y cuando el alguacil la giró hacia el farol decía Tam. Maren Quill vio a su hermano leer su propio nombre en una tira de madera pálida y comprendió, con esa calma que llega justo antes del duelo, que ya lo había decidido.

A medianoche estaba junto a la Piedra del Tributo, con el abrigo de él abotonado sobre el suyo y la gorra calada hasta las cejas, aunque no esperaba que el disfraz durara. La piedra marcaba el límite de Thornmere, allí donde los setos del pueblo se rendían y empezaba el bosque viejo. La escarcha había plateado las zarzas. Más allá, los árboles crecían tan juntos que la oscuridad entre ellos parecía sólida, como una puerta que alguien hubiera olvidado pintar.

Llevaba once años encuadernando libros. Sabía hacer que las cosas aguantaran. Había cosido en el lomo de su libro de cuentas una carta de su madre, la última que escribió antes de que el bosque se la llevara, y la sentía ahora contra las costillas, un cuadradito rígido de papel que decía: Maren, que no se apague el fuego. Su madre había vuelto de Thornmere después de su año. Había vuelto mansa y ausente, oliendo a hierba recién cortada en pleno diciembre, y nunca más había reconocido la cara de su hija.

Las campanas del pueblo callaron. Maren no oyó llegar al Guardián. En un instante el sendero entre los árboles estaba vacío; al siguiente, él estaba allí, como si siempre hubiera estado y a ella solo ahora se le permitiera verlo.

Era más alto de lo que contaban las historias y menos hermoso, lo cual, de algún modo, era peor. Las historias le daban cabello de plata y una boca cruel. A la luz del farol, su pelo era del castaño apagado del helecho en invierno y su boca era solo una boca, algo agrietada por el frío. Lo que estaba mal era su quietud. Nada en él se movía al respirar. Llevaba un abrigo verde grisáceo, color de liquen, y en el cuello había espinas cosidas, espinas de verdad, con las puntas vueltas hacia su garganta.

—Tú no eres Tam Quill —dijo.

—No.

—El sorteo no es una sugerencia. —Tenía la voz grave y extrañamente cortés, la voz de quien lee en voz alta un contrato que no ha redactado—. El nombre se dio. El nombre se debe.

—Entonces llévate el mío. Soy su hermana. Soy mayor, soy más fuerte y sé trabajar. —Lo había ensayado durante toda la subida, y aun así le salió demasiado rápido—. Tiene catorce años. Llora cuando matan los gansos para el solsticio. No te serviría de nada.

Por fin algo se movió en el rostro del Guardián. No una sonrisa, sino la idea de una, sopesada y descartada. —Crees que nos los llevamos para que nos sirvan.

—Creo que te llevaste a mi madre —dijo Maren— y nos devolviste algo que todavía lleva puesto su delantal.

La escarcha de las zarzas crujió toda a la vez, con un ruido como de mil huesecillos. Ella no se estremeció, aunque quiso hacerlo. El Guardián la miró largo rato, y Maren tuvo la incómoda impresión de que la estaba leyendo como ella leía una encuadernación dañada: dónde había aguantado el hilo, dónde había cedido, dónde la cola se había puesto demasiado gruesa para esconder un desgarro.

—Elin Quill —dijo en voz baja—. Hace siete inviernos. Sirvió en la destilería. Tenía muy buena mano con la bergamota. —Ladeó la cabeza—. Tienes sus manos.

A Maren se le cerró la garganta. En siete años nadie había pronunciado el nombre de su madre como si perteneciera a alguien que alguna vez estuvo entera.

—¿Qué le hiciste?

—Menos de lo que crees. Más de lo que me gustaría. —Miró la oscuridad a su espalda, y por primera vez ella vio que las espinas del cuello le habían hecho sangre, una línea fina, seca y antigua, como si las llevara desde hacía muchísimo tiempo—. En Thornmere hay leyes más viejas que yo. Una de ellas dice que un sustituto debe pagarse. Lo que se ofrece libremente no es lo mismo que lo que se toma libremente.

—Pon tu precio.

—Cuidado. —Lo dijo casi con dulzura—. En mi corte, esa frase ha deshecho a gente mejor que tú.

Salió del sendero. El bosque no lo siguió, pero ella lo sintió inclinarse. De cerca olía a lluvia sobre piedra y, muy levemente, a bergamota, y Maren lo odió por eso más que por cualquier otra cosa. Le tendió la mano con la palma hacia arriba, como quien ofrece ayuda para saltar una cerca. No había nada en ella. Y había, lo entendió, todo.

—Esta noche hay tres maneras de pasar la piedra —dijo el Guardián—. Puedes darme tu verdadero nombre. No Maren. El otro, el que tu madre susurró sobre tu cuna antes de olvidarte. Entonces te llevo en lugar de tu hermano y perteneces a Thornmere un año y un día. O puedes negociar conmigo, como no hizo tu madre, y veremos quién de los dos lee mejor la letra pequeña. —Sus ojos, lo vio entonces, tenían el color del agua honda bajo el hielo—. O puedes cruzar a mi lado hacia el bosque sin haber dado nada ni prometido nada, y arriesgarte con la corte tal como es. Hay quien lo ha hecho. No te lo recomiendo.

A su espalda, muy abajo en la colina, se abrió una puerta en el pueblo, y oyó, o creyó oír, a Tam gritando su nombre. El de siempre. El que no significaba nada para nadie más que para él.

El Guardián esperaba, con la mano abierta y las espinas en la garganta. La escarcha empezó a trepar de nuevo por las zarzas, paciente como la tinta.

Una decisión que solo tú tomas

→ Proponerle tu propio trato
→ Darle el nombre que susurró tu madre

Aquí es donde tu historia comenzaría.

En StoryStepper el siguiente capítulo se escribe a partir de la decisión que acabas de tomar: un episodio privado cada mañana, escrito solo para ti. Comienza tu historia y empieza a construir la tuya.

Comienza tu historia