Un capítulo de muestra · Fantasía

Capítulo I · Saltglass6 min

Una prueba

El sondeo dorado

Antes de que la academia te dejara entrar, tenía que dejarte el mar. En Saltglass aquello no era una metáfora: la calzada emergía dos horas con la bajamar, y si seguías sobre ella cuando cambiaba la marea, el agua decidía cuánto valías.

Oren Hale cruzó con cuarenta minutos de margen y las botas llenas de frío. Había venido a pie desde Brinecombe con un morral de lona, el cuchillo de despabilar lámparas de su padre y una carta de recomendación de un capitán de puerto que había escrito mal su apellido. Los demás aspirantes habían llegado en carruaje hasta el extremo de tierra firme y habían hecho el resto del camino a hombros de porteadores. Llegaron secos, y lo miraron como si él hubiera traído el mal tiempo consigo.

La academia se alzaba sobre la isla en terrazas de piedra clara, con cada ventana acristalada con el vidrio verdoso que daba nombre al lugar. Vidrio de marea, lo llamaban, sacado húmedo de las marismas bajas, donde una vez los rayos golpearon la orilla durante tres días seguidos. Guardaba la luz como una caracola guarda el rumor del mar. Los celadores decían que guardaba también otras cosas. Por eso estaban todos allí.

Los condujeron a la Sala de los Sondeos al caer el sol. Era redonda y fría, con el suelo del mismo vidrio verde, de modo que Oren distinguía bajo sus pies las formas turbias de la roca antigua y algo que podía ser una escalera ahogada. Veintidós aspirantes. En el centro había un pedestal, y sobre el pedestal una esfera de vidrio de marea del tamaño de una cabeza, oscura como un ojo cerrado.

—Cada cual pondrá la mano sobre el Sondeo —dijo la canciller, una mujer enjuta vestida de gris cuya voz llegaba a todas partes sin que pareciera alzarla—. La mayoría verá un poco de luz. Blanca significa que el mar les enseñará. Azul, que los escuchará. Si no muestra nada, volverán a la calzada antes de la pleamar, con nuestro agradecimiento. —Dejó que las palabras se asentaran—. No hay vergüenza en la oscuridad. La oscuridad es casi todo el mar.

Nadie le creyó. Oren vio a los hijos e hijas de los señores del puerto subir uno a uno y volver con la cara iluminada de blanco, unos pocos de azul, y a un muchacho que lloraba en silencio sin haber visto nada. A Oren le sudaban las palmas. Se las secó en el pantalón, notó la forma del cuchillo en el bolsillo y pensó en su padre en lo alto del faro de Brinecombe, puliendo la gran lente con un trapo y diciendo: una luz no es más que la promesa de que alguien sigue despierto.

La chica que tenía al lado era la última antes que él. Se había fijado en ella en la calzada, o más bien se había fijado en cómo evitaba mirarlo, lo cual requería esfuerzo, porque era la única otra aspirante que había llegado a pie. Alta, de pelo oscuro, con un abrigo que había sido caro mucho tiempo atrás. Cuando el celador llamó a «Sefa Arun», un murmullo recorrió la sala, y Oren no sabía lo bastante para entenderlo.

Ella puso la mano sobre la esfera. Siguió oscura.

Un latido. Dos. El murmullo se afiló. El rostro de la canciller no cambió, y Oren sospechó que eso ya era un veredicto. Sefa retiró la mano y, al darse la vuelta para bajar los peldaños, rozó el pedestal, cerca, demasiado cerca, la manga acariciando el vidrio, y Oren vio moverse sus dedos. Un gesto pequeño y preciso, como quien apaga una vela con dos dedos. Luego pasó a su lado, y sus ojos se encontraron con los de él durante un segundo exacto, y en ellos no había vergüenza alguna.

—Oren Hale.

Subió. El vidrio estaba más frío que nada que hubiera tocado nunca, más frío que el agua de la calzada, y durante un momento no ocurrió nada y casi sintió alivio. Entonces una luz ascendió desde el fondo de la esfera como algo que sale a flote. Ni blanca ni azul. Dorada: honda, lenta, el oro de un farol visto entre la niebla desde muy mar adentro.

La sala se quedó en un silencio que pesaba. En algún lugar a su espalda, un aspirante soltó una risa, una sola, y calló. La canciller bajó del estrado. No miró la esfera. Lo miró a él, y Oren tuvo la certeza súbita y desagradable de que llevaba muchísimo tiempo esperando mirar así a alguien.

—El último sondeo dorado en esta sala —dijo en voz baja, solo para él— fue hace doscientos once años. Su nombre está tallado sobre la puerta del mar. Pasaste bajo él esta tarde. —Posó una mano fresca sobre la de él, encima del vidrio, y el oro se avivó, respondiendo a ella, o a él, o a ninguno—. Hay unos versos sobre esto. Para el solsticio estarás harto de oírlos.

Conocía los versos. Todos los niños de aquella costa los conocían, igual que sabían qué rocas hundían barcas. Cuando el vidrio arda en oro, la marea cumplirá su promesa. Nadie se ponía de acuerdo sobre cuál era la promesa. Los pescadores decían que anunciaba un buen año. Los sacerdotes, un ajuste de cuentas.

—Soy hijo de un farero —dijo él.

—Y ella era hija de un pescador —respondió la canciller—. Al mar no le interesa tu padre. —Levantó la mano. El oro permaneció—. Esta noche te darán habitaciones en la torre este. Mañana te darán mucho más que eso. Te sugiero que duermas.

Hicieron salir a los demás aspirantes. Oren se quedó en el estrado bajo la mirada de los celadores, sintiendo la luz dorada bajo la mandíbula como el calor de un fuego que él no había encendido. Buscó a Sefa Arun. Estaba en la puerta; un celador la sacaba con la mano en su codo, de vuelta a la calzada, de vuelta a la marea, y ella no se volvió.

Pensó en sus dedos pellizcando el aire sobre el vidrio. Pensó en que la esfera se había quedado oscura para ella, completamente oscura, más oscura que para nadie, como si le hubieran sacado algo de dentro y lo hubieran escondido. Pensó en cómo lo había mirado: no como una rival que ha perdido. Como alguien que acababa de pasarle un fósforo encendido en la oscuridad y esperaba a ver si lo dejaba caer.

La campana de la puerta del mar empezó a sonar. Terminaba la bajamar. En un cuarto de hora la calzada habría desaparecido, y Sefa Arun con ella, de vuelta adondequiera que fueran las chicas con abrigos viejos y sin luz, o bien, si había calculado mal el tiempo, debajo de ella.

La canciller lo observaba. Y también los celadores, y los muros, y el vidrio verde bajo sus pies. Todos esperaban a ver qué haría primero el elegido.

Una decisión que solo tú tomas

→ Correr tras Sefa antes de que suba la marea
→ Contarle a la canciller lo que viste

Aquí es donde tu historia comenzaría.

En StoryStepper el siguiente capítulo se escribe a partir de la decisión que acabas de tomar: un episodio privado cada mañana, escrito solo para ti. Comienza tu historia y empieza a construir la tuya.

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