Un capítulo de muestra · Romance contemporáneo

Capítulo I · Apartamento 5B5 min

Una propuesta

La cláusula del acompañante

La nota estaba pegada a la puerta de Theo Adair a las dos de la madrugada, cuando volvió a casa oliendo a aceite de freidora y a azúcar quemado, y decía, en mayúsculas cuadradas de arquitecta: NECESITO UN NOVIO PARA EL SÁBADO. NO UNO DE VERDAD. LLAMA SI TE INTERESA. 5B.

La leyó dos veces bajo la luz de la escalera. Después miró al techo, como si pudiera ver a través de él el departamento de arriba, donde desde hacía ocho meses alguien caminaba a horas raras, ponía el mismo disco melancólico de piano los domingos por la mañana y, una vez, había llorado tan bajito que él solo lo supo porque las tuberías del radiador se lo trajeron.

No llamó. Eran las dos de la madrugada. Era pastelero, no un lunático.

Llamó a las nueve. Se había duchado dos veces, cosa que atribuyó al aceite de la freidora, y llevaba una bolsa de papel con dos croissants de almendra todavía tibios de la hornada de prueba, cosa que atribuyó a la buena educación.

La mujer que abrió la puerta del 5B llevaba un lápiz atravesado en el moño, una taza que decía LA HIJA MÁS O MENOS DEL MUNDO y la cara de alguien que había escrito una nota a medianoche y se había arrepentido al amanecer. —Ay, no —dijo—. Eres el de los croissants.

—¿Soy el de los croissants?

—Todo el edificio huele a mantequilla a las seis de la mañana los fines de semana. Eres tú. Siempre has sido tú. —Se subió los lentes—. Soy Iris. Perdona lo de la nota. Estaba teniendo un momento.

—Theo. Estabas teniendo un momento en mayúsculas.

—Las arquitectas no tenemos momentos en minúsculas. —Se apartó para dejarlo pasar, cosa que él no esperaba, y se encontró en un departamento con la forma exacta del suyo y, sin embargo, completamente distinto: una mesa de dibujo junto a la ventana, plantas que de verdad estaban vivas, la maqueta de un edificio de cristal sobre la barra de la cocina con arbolitos de papel.

Se lo explicó con un café delante, rápida y precisa, como él imaginaba que explicaba los muros de carga. La cena de socios de su estudio, el sábado. Once personas en un restaurante sin precios en la carta. Su ex, Julian, recién ascendido, recién prometido, sentado por alguna crueldad de la distribución de mesas justo enfrente de ella. Su jefa, que le había preguntado dos veces, con una amabilidad muy elaborada, si ya estaba saliendo con alguien.

—¿Cómo es? —preguntó Theo—. Julian.

Iris sopesó la pregunta como si fuera un plano de emplazamiento. —Es de los que le corrigen al mesero la pronunciación del vino y luego dejan una propina enorme para que nadie pueda llamarlos maleducados. Me dejó un mensaje de voz cuando se prometió. Un mensaje de voz. Dijo que quería que me enterara por él. —Sonrió sin que el resto de su cara estuviera de acuerdo—. Así que me enteré por él. Cuatro veces. Seguía pensando que me había saltado la parte en la que dejaba de doler.

—No necesito que seas encantador —dijo Iris—. Necesito que estés. Siéntate a mi lado. Apréndete tres cosas sobre mí. Vete a las once. Te pago la cena y te horneo algo espantoso para darte las gracias.

—¿Hornearías para un pastelero?

—La amenaza es lo que hace sincera la oferta.

Él se rio antes de poder evitarlo, y algo se relajó en la cara de ella, y ese fue el primer problema. El segundo era que ya sabía más de tres cosas sobre ella. Sabía que ponía a Satie cuando no podía dormir. Sabía que regaba las plantas los jueves porque el agua corría por las tuberías viejas a las siete. Sabía que en marzo había estado llorando, y que él se había quedado en su cocina a las cuatro de la mañana con una bandeja de masa hojaldrada y ganas, absurdas, de subir y llamar.

No le dijo nada de eso.

—¿Por qué yo? —preguntó en cambio—. Podrías pedírselo a un amigo.

—Mis amigos conocen a Julian. Sobreactuarían. Lo fulminarían con la mirada. —Hizo girar la taza entre las manos—. Tú eres un desconocido. Los desconocidos resultan creíbles. Nadie espera que un desconocido tenga un pasado.

Theo miró los arbolitos de papel de la barra. Pensó en el restaurante, en los horarios que se comían sus fines de semana, en la última mujer que le había dicho, con mucha delicadeza, que salir con un pastelero era como salir con alguien de otro huso horario. Pensó: esto es una idea terrible, y me lo pide porque a ella no puede costarle nada.

—Reglas —dijo.

A Iris se le iluminó la cara de una forma francamente alarmante. Sacó un bloc de la mesa de dibujo y el lápiz del pelo. —Reglas. Sí. Una: nada de besos.

—Evidentemente.

—Salvo que Julian esté mirando y sea estratégicamente necesario.

—Esa excepción es muy específica.

—Yo soy muy específica. —Lo apuntó.

Dos: se verían una vez antes del sábado para ponerse de acuerdo en la historia. Tres: si alguien preguntaba cómo se conocieron, dirían la verdad, la nota en la puerta, porque las mejores mentiras, según ella, eran casi todas verdad. Cuatro: el domingo se acababa. Nada de incomodidad en la escalera. Nada de fingir que había significado algo.

Arrancó la hoja y se la tendió. Su letra en minúsculas, notó él, era más pequeña y más suave, casi tímida.

—Fírmala —dijo— y te cuento las tres cosas.

Theo sostuvo el lápiz sobre la hoja. Ella había vivido ocho meses encima de él y nunca le había visto la cara hasta esa mañana; ahora le costaba mirar a otra parte. La regla cuatro estaba al final de la lista como una puerta cerrada con llave. Podía firmar y tener un sábado, una noche a su lado fingiendo, con el final ya pactado. O podía hablarle de las tuberías, del piano y de marzo, y ver cómo decidía si un desconocido que no era del todo un desconocido seguía siendo creíble.

—Theo —dijo ella, ahora más bajo—. Es solo una cena.

Sospechaba que nada, nunca, había sido solo eso.

Una decisión que solo tú tomas

→ Firmar, con todas sus reglas
→ Tachar primero la regla cuatro

Aquí es donde tu historia comenzaría.

En StoryStepper el siguiente capítulo se escribe a partir de la decisión que acabas de tomar: un episodio privado cada mañana, escrito solo para ti. Comienza tu historia y empieza a construir la tuya.

Comienza tu historia