Un capítulo de muestra · Romance contemporáneo

Capítulo I · Port Adley5 min

Un regreso

Marea baja en Wren’s

La llave de la librería Wren’s seguía atascándose en la cerradura, como llevaba treinta años haciéndolo, y Nora Ellery seguía sabiendo que había que levantar la puerta por la manija antes de girarla.

Dentro, la tienda olía a papel ablandado por el salitre y al aceite de limón con el que su abuela frotaba el mostrador cada domingo. El polvo cubría la estantería de poesía como una nevada fina. Alguien había parado el reloj de encima de la caja a las cuatro y veinte, y Nora no supo decidir si aquello era duelo o simplemente una pila gastada.

Se había dado tres días. Tres días para meter el fondo en cajas, firmar los papeles con el agente de Penhallow y volver a la ciudad antes de que Port Adley le recordara quién había sido. Tenía una hoja de cálculo. Tenía un rollo de cinta de embalar en el bolsillo del abrigo, como un amuleto.

Lo que no tenía era un plan para el hombre subido a la escalera al otro lado de la calle.

Lo vio por la vitrina mientras retiraba la primera sábana: espalda ancha, suéter gris remangado hasta los codos, arrancando una tabla podrida de la vieja tienda de artículos náuticos con la paciencia de quien no tiene otro sitio al que ir. El local llevaba vacío desde que ella tenía diecinueve años. Ahora tenía masilla nueva en las ventanas y un cartel pintado a mano apoyado en la pared, vuelto del revés, como si aún no estuviera listo para que lo leyeran.

Él bajó de la escalera, se limpió las manos en los jeans y la miró de frente, a través de dos cristales y diez años.

Callum Doyle. Cómo no.

Había imaginado ese momento en cien versiones, casi todas ensayadas en el coche durante el largo viaje hacia la costa. En ninguna sostenía una sábana polvorienta como la cola de un vestido de novia, con telarañas en el pelo. La dejó caer. Él cruzó la calle sin prisa, y la campanilla de la puerta dio su vieja nota rajada cuando la abrió.

—Estás dejando entrar la humedad —dijo.

—Es mi humedad.

—Es la humedad de Margaret —respondió él—. Lo era. —Hizo una pausa—. Lo siento, Nora. Estuve en el funeral. Me quedé al fondo.

No lo había visto. Aquel día casi no había visto nada más que los lirios y sus propios zapatos. —No viniste a decirme nada.

—No parecía que quisieras que nadie te dijera nada.

Ese era el problema con Callum. Siempre había tenido razón sobre ella de las maneras más inoportunas. A los diecinueve había acertado al decir que le daba miedo quedarse y más miedo todavía irse, y ella le había respondido tomando el primer tren de septiembre sin dejar una nota, que era la única discusión que le había ganado jamás.

Él recorrió las estanterías sin tocar nada. —Tu agente estuvo aquí la semana pasada, midiendo. Dice que vendes.

—El agente habla demasiado.

—El agente es mi primo. —Una sonrisa leve—. Aquí todo el mundo habla demasiado. Antes lo sabías.

—Vendo —dijo ella—. No hay nadie que la lleve. Tengo un trabajo, un departamento, una vida que no está a quinientos kilómetros de un café decente.

—Tienes una hoja de cálculo —dijo él, mirando la laptop abierta sobre el mostrador, y ella la cerró con más fuerza de la que pretendía.

Lo cierto era que se había fijado en el cartel. Se había fijado en la masilla nueva, en las tablas cepilladas a mano y en que había conservado los viejos ganchos de latón en lugar de tirarlos. Estaba construyendo algo frente a la tienda que ella iba a vender, y ni una sola vez le había pedido que se quedara. Eso la enfurecía de un modo que no habría sabido explicarle a nadie, y a él menos que a nadie.

—¿Qué va a ser el local? —preguntó.

Él la observó un momento. —Un café. Una pared de libros, de segunda mano. Margaret me los iba a conseguir. —Dejó que la frase se asentara—. Tenía una lista. Títulos que creía que la gente de aquí debería leer. Decía que tú entenderías la lista mejor que yo.

Nora sintió que el suelo se inclinaba un poco. —Nunca me lo dijo.

—A mí me dijo que volverías cuando estuvieras lista, ni un minuto antes. No solía equivocarse.

Fuera, la luz cambió al gris plomizo de una tarde que se vuelve tormenta. Una ráfaga empujó la puerta contra el pestillo, y en algún lugar del puerto una driza empezó su repiqueteo metálico y frenético. Callum la escuchó con esa atención particular de quien ha crecido leyendo el cielo.

—La tormenta se adelanta —dijo—. Tu vitrina tiene una grieta abajo. Si revienta esta noche perderás toda la sección de poesía, y no creo que a mi primo le haga gracia.

—No es nada mío.

—No —concedió Callum en voz baja—. Por lo visto, aquí ya nadie es nada tuyo.

El golpe dio justo donde él había apuntado. Se sostuvieron la mirada, y por un instante ninguno de los dos tenía diecinueve ni veintinueve años. Eran solo dos personas en una habitación que olía a aceite de limón, demasiado cerca de una década de cosas sin decir.

—Tengo tablas al otro lado de la calle —dijo por fin—. Puedo tapar esa vitrina en una hora. Tendrías que sujetar el otro extremo. Tendrías que quedarte hasta que termine. —Tomó la cinta de embalar del mostrador, le dio una vuelta en la mano y la dejó junto a la laptop, con mucha precisión, como quien pone una carta sobre la mesa—. O puedo dejarte con tus cajas. Tú decides. Siempre has decidido tú.

La lluvia llegó de golpe, ruidosa contra el cristal. Nora miró la grieta de la vitrina, el reloj detenido a las cuatro y veinte, la esquina de una hoja doblada bajo la caja con la letra inclinada de su abuela, y al hombre que esperaba en el umbral, dejando entrar la humedad.

Una decisión que solo tú tomas

→ Quedarte y sujetar el otro extremo
→ Decirle que puedes arreglártelas sola

Aquí es donde tu historia comenzaría.

En StoryStepper el siguiente capítulo se escribe a partir de la decisión que acabas de tomar: un episodio privado cada mañana, escrito solo para ti. Comienza tu historia y empieza a construir la tuya.

Comienza tu historia